"Mi impresión es que no existe libro mejor en toda la nueva literatura, incluyendo a Pushkin":

Tolstoi

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Decía Volkoff que si un ruso no conoce a ciencia cierta la autoría de un texto de alta calidad literaria siempre se lo atribuye a la pluma de Pushkin, escritor nacional por excelencia, a fin de no evidenciar una triste carencia de conocimientos. Pues bien, a propósito de Memoria de la casa de los muertos, fue Tolstoi, otro grande, el que sentenció que "no existe libro mejor en toda la nueva literatura, incluyendo a Pushkin", comentario que confirma tanto su audacia como la calidad de la presente novela.

Concebida, como dice su autor, "para representar con la mayor exactitud el cuadro del presidio, con todo lo que hube de soportar en él durante tantos años", se sumerge en la más poética de las circunstancias, haciendo de su sufrimiento un vehículo de análisis que permite penetrar, como pocas veces se ha hecho, en las profundidades del alma. Y es que en esto, Dostoyevski se ha revelado como un genio capaz de alcanzar las simas más profundas y las cumbres más altas del ánimo y del espíritu humano. De carácter vivo y curioso, ora atormentado, ora sorprendido ante el comportarse de sus semejantes, este escritor ruso tuvo el acierto de plasmar sobre el papel aquello que muchas veces sentimos pero no siempre logramos concretar.

De brillante escritura, Memoria de la casa de los muertos se revela como exponente de la clarividencia de Dostoyevski y punto álgido de toda su obra, por encima incluso de algunos títulos tenidos como insuperables.

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Alexander Becerra o.

Debería decir que desde la medianoche del domingo*, cuando cerré el último eslabón de este pesado volumen, leo los libros de otra manera, pero mi particular modestia, ese perfil a ras de suleo y ese carisma embrionario me lo impiden, tengo demasiados escrúpulos para hacerlo, o tal vez no sea definitivamente algo de conciencia, sino que creo que al no hacerlo doy pistas para pensar que sí lo hago. Es una carga pesada con aroma amargo, tal vez ya es hora de empezar a sentir la pesadilla del presidio, de la Siberia, del sindestino, tal vez no haya a dónde escapar, tal seamos muertos que caminan... ¿Es esta, la mia, una casa de muertos? Estoy muerto, sí, eso debe ser, de otra manera no veo razón para dejar de sentir la vibración que debería apoderarse de mí tras cerrar el libro. Debería sentir lo que ellos sintieron, lo que sintió B...sky, Petróvich, K... C... K... F... es eso. ¿Están todos muertos y soy yo el único testigo? Elegante forma de jugar con el presente, de juagr con los demás, no debería darme miedo jugar con los demás, todos juegan con el otro, y el otro juega con sí mismo. Dostoyevski creó un mundo de sombras y juega al hacernos caminar por ese mundo, cada uno de nosotros, los jugadores, idea diferentes formas, las sombras están ahí, otras apenas llegan, pero son sombras, igual. Sombras de muertos.. de vivos, pero sobre todo, sombras de fracasos, de ignominias, de vejación, el llanto se apodera de la casa de las sombras y pasamos a convertirnos en una sombra, los visitantes ya no somos jugadores, las sombras juegan con nostros, somos un juguete y un juguete no es un juego, es un objeto para llegar a ello... 

* El domingo en mención no es otro que el 24 de cotubre de 2010.

Memoria de la casa de los muertos (1861-1862)

Fiódor Mijáilovich Dostoyevski

(Фёдор Михайлович Достоевский /ˈfʲodər mʲɪˈxajləvʲɪtɕ dəstɐˈjɛfskʲɪj

Moscú 1821 - San Petersburgo 1881